La vuelta al cole

Guarderías para bebésSí, lo siento: sé que estoy desaparecida en combate desde…¿mediados de julio?? Pero es que la cuesta de septiembre se me está haciendo más empinada que en años anteriores.

Tras los tres largos meses de vacaciones Sarita está presa del aburrimiento más feroz (claro, no es lo mismo estar de recreo con las olas de la playa que encerrada en casita), lo cual ha derivado en ver qué maldad se le ocurre hacer con tal de llamar la atención de sus papás y su desesperada cuidadora. Por suerte mañana vuelve al cole y espero que se vaya atemperando su lado más salvaje.

Al pobre Álex, sin embargo, que hasta la fecha había vivido en una perpetua vacación (os recuerdo que ya hemos pasado la barrera de los 20 meses), se le acabó el chollo y empezó la guardería a comienzo de mes. “No le va a costar mucho adaptarse porque es  muy sociable”, le decía yo a su padre cuando le entraban las dudas de si sería demasiado pronto para “esclavizar” al niño con madrugones y demás rutinas.

Pues bien, parece que no conozco muy bien a mi hijo, porque de las 10 mañanas que lo hemos llevado al centro (en el que las profes son de los más encantador, por cierto) no ha habido ni una sola en la que no se haya quedado llorando a moco tendido, con cara de “traidores, me habéis abandonado”.

El niño, claro, se tomó la venganza por su mano y ya el primer día me llamaron a la oficina para “comentarme amablemente” que mi querido Álex había mordido a dos de sus compañeros y no sabían cómo frenarle (“Huumm, creo que en la reunión de padres será mejor no identificarme”).

En fin…que al consecuente cargo de conciencia por dejarle en semejante estado se suma la gastroenteritis y el catarro que llevamos, de momento, acumulados en lo que va de curso. De modo que en la misma proporción que van aumentando sus ojeritas, se nos pone a nosotros la cara de tontos  por el dineral que nos cuesta la guarde y el poco partido que le vamos a sacar a este ritmo.

¿Qué tal ha sido vuestra vuelta de vacaciones? ¿Se os ha hecho muy cuesta arriba?

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De viaje con los niños

ninos-en-coche.JPGEste fin de semana hemos vivido un “simulacro de vacaciones”: unos colegas de mi chico se acaban de comprar una preciosa casona de pueblo cerca de Segovia y, amablemente, nos invitaron a conocerla. El único detalle que ignoraban los pobres (matrimonio encantador y sin hijos) es que en el mismo lote de su viejo amigo iban la histérica de su mujer (pues tal era mi estado de nervios cuando llegamos), y dos pequeños terroristas capaces de destrozar todo lo que pillaran a su paso.
Después de hacer a toda prisa la maleta de los peques (pijamas, camisetas, chaquetas por si refresca, bañadores por si tuvieran piscina, manguitos, pañales…), la nuestra (una muda y va que chuta), preparar los purecitos de Álex (sí, por desgracia seguimos sin probar el sólido), yogures, cereales, biberones, la bici, el triciclo (ya que nos vamos…que desfoguen un poco)… Conseguimos encajarlo todo a eso de las 6 de la tarde. Los niños estaban bien atados en sus respectivas sillas, y no habíamos pasado del segundo semáforo cuando amenaza la retahíla de preguntas:
-Pero mami, ¿está muy lejos la casa de los amigos?
-Sí, mi amor.
-Pero, ¿cuánto de lejos?
-Nena, por lo menos hasta la hora de la cena.
-Pues mami yo ya tengo hambre.
-Hala bonita, toma un par de galletas.
-………. (4 benditos segundos de silencio).
-Mami tengo sed.
-……. (2 segundos).
-Mami, es que me aprieta el cinturón de la silla.
-…(1 milésima de segundo).
-Buuhaa, Buuuhaa… (gritos guturales de mi pequeño salvaje que parece que se empieza a aburrir con la charla de su hermanita).
“Huum, ¿querrá una galleta?”, me digo.
-Plaaf!!! (Al suelo).
“Vaya, vaya; parece que se está poniendo rojo del cabreo”.
Tras cinco minutos más de tanteo con preguntas absurdas a las que el niño responde lanzando aullidos, babas y mocos por su linda boca veo que el ambiente de tensión nos va contagiando a conductor y copiloto. Y así, hasta que gracias a Dios se me ocurre encender la radio y se disparan a todo volumen los primeros compases de la “Camisa negra”. A punto de gritar del susto no salgo de mi asombro cuando veo que el pequeño Álex pega un respingo y pasa del llanto furibundo a dar palmas y carcajadas al ritmo de Juanes.
Para hacéroslo más breve: hasta llegar a Segovia creo que escuchamos la “Camisa negra”, ¿unas 150 veces? Sinceramente, no sé si esto de las vacaciones me va a compensar, pero os aseguro que en el próximo viaje conduzco yo.

¿No habéis tenido la sensación de estar agotadas antes de subir al coche? ¿Sabéis de algún método para calmar a los niños sin necesidad de recurrir a las drogas?

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La conciliación familiar y laboral

compatibilidad-laboral.JPGRecuerdo la adolescencia machacada por los reiterativos sermones de mi padre cuando le entregaba las notas plagadas de cates: “Pero Guadalupe, ¿tú a qué aspiras en esta vida? ¿Es que no te das cuenta de que si no estudias no vas a llegar a nada?” -me soltaba con una mirada que iba de la lástima a la indignación por lo cazurra y vaga que le había salido la niña.

Se ve que de tanto repetirlo, sus palabras me dejaron huella, y no solo me chupé mis cinco añitos de universidad, sino que salí de ella con tremendas ganas de comerme el mundo en el terreno profesional.

Toda esta introducción no es solo otro más de mis desvaríos. Viene a colación de una noticia que hace unos días se publicaba en distintos periódicos nacionales: “En Madrid, 35.000 menores de 0 a 3 años se quedarán sin plaza en los centros públicos de educación infantil”. Ergo, si las solicitudes ascendían a unas, digamos, 66.144, del dato anterior se traduce que más de la mitad (35.000) NIÑOS (que no patatas, ni naranjas…si no seres humanos) se quedarán en la calle; lo cual implica que tendremos que buscar plaza en guarderías privadas cuyo precio oscila entre los 400 y 500 euros de media al mes.


Ante semejante panorama, las mamás universitarias, profesionales, trabajadoras nos palnteamos:
a) Pagaré un centro privado, aunque en ello se me vaya una parte importante de mi sueldo y apenas vea a mis niños.

b) Si me pido la reducción de jornada podré estar más tiempo con mi familia, pero la nómina se reducirá en paralelo, y en la empresa habré marcado mi techo.

c) ¿Y si cuido yo de mis niños y me ahorro el sueldo de una cuidadora o el precio de la guardería?

Y es entonces cuando me acuerdo de mi pobre padre y me digo: ¿Pero para qué demonios nos han inculcado desde pequeñas el valor del esfuerzo, del aprendizaje, de la formación de la persona si de adulto la sociedad te ningunea?

Creo que la maternidad jamás debería estar reñida con la incorporación de la mujer al mundo laboral, pero si el sistema no nos facilita mecanismos de apoyo (guarderías públicas en todos los barrios, ampliación del periodo de baja por maternidad, jornadas concentradas…) ¡no hay “conciliación” que valga! ¿Qué le diré a Sarita cuando le dé pereza ponerse a hacer los deberes?: “Nada mi amor, pasa. Si total cuando tengas hijitos te bastará con saber cambiar pañales y hacer la comidita. Nadie va a esperar más de ti. Nadie te va a permitir que hagas mucho más”.
LO SIENTO PERO ME NIEGO, ¡ESTO TIENE QUE CAMBIAR!

¿Cuántas de vosotras habéis podido seguir trabajando después de la maternidad? ¿Cómo os organizáis? ¿Existen guarderías públicas en vuestros barrios?

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