Una lateralización bien definida favorece el aprendizaje infantil

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Los niños con una lateralización bien definida tienen una buena organización psicomotora que les permite realizar mejor algunas tareas de aprendizaje, como coordinar el movimiento de la mano con la mirada para escribir, entre otras. También facilita la comprensión de conceptos espaciales. Por ello, es importante un buen desarrollo lateralización para el aprendizaje infantil.

El desarrollo de una lateralidad homogénea y bien definida: que nuestro ojo, oido, mano y pie que usamos preferentemente sean del mismo lado del cuerpo, asegura que el cerebro construya circuitos neuronales lo más eficientes posibles. Así el cuerpo se moverá de forma equilibrada y armónica, dado que no se tiene que retorcer para poder ver con el ojo de un lado qué es lo que escribe la mano contraria.

Así explicado parece obvio pero muy pocos padres y educadores son conscientes del proceso de lateralización que está siguiendo el niño.

Cuando nuestra lateralidad ha completado su desarrollo, nuestro cuerpo y nuestro cerebro posee entonces un punto de referencia desde donde poder situar la izquierda y la derecha, arriba y abajo. Por eso a los niños hasta los 4 o 5 años les cuesta tanto diferenciar entre una y otra o saber en qué pie ponerse cada zapato.

Este punto cero del eje de coordenadas le da la capacidad al niño de percibir el orden (espacial y temporal) de las cosas. Le ayuda a situarse en el espacio: delante, detrás, arriba, abajo y en el tiempo: ayer, hoy, mañana. Esto facilita enormemente la lectura. Si nos enfrentamos a la lectura de tres letras seguidas no es lo mismo leer p-a-r, que r-a-p o p-r-a. La diferencia la marca el orden. Cuando trabajamos con el lenguaje oral se trata de una secuencia temporal (en qué orden oímos las letras, palabras, etc.) y cuando se trata de lenguaje escrito, se añade además la secuencia espacial (en qué orden vemos que están escritas o escribimos nosotros mismos las letras, palabras, etc.)

Puede que el cerebro de nuestro hijo alcance la maduración suficiente para discriminar visualmente entre b – d o p – q y a nivel auditivo sea capaz de distinguir entre los sonidos de ambas cosas pero si no tiene una lateralidad bien definida no sabrá ordenarlo en el espacio ni en el tiempo con lo que fracasará al leerlo o al escribirlo.

Si fracasamos en el proceso de lecto-escritura todo el aprendizaje posterior queda comprometido puesto que está mediatizado por este proceso. Tenemos que tener en cuenta que el lenguaje oral y escrito es una función para la cual sólo el cerebro humano está capacitado y el hecho de poder empezar a ejercerla desde tan pequeños es todo un lujo (y una gran aventura).

Podemos pensar que si un niño tiene una lateralidad poco o mal definida sólo le afectará en las asignaturas de lengua, conocimiento y a lo sumo en matemáticas (tampoco es lo mismo 1-2-3, que 3-1-2) pero lo cierto es que el resultado de una mala lateralización afecta a cómo se vive y se sitúa él en el espacio con lo que quedan comprometidos también los aprendizajes corporales (deportes o plástica). Y ni que decir tiene que también afecta a otros leguajes (música o idiomas).

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