Los primeros meses del embarazo son determinantes para la buena marcha de la gestación. Puede ocurrir que durante el primer trimestre la mujer sienta dolores parecidos a los de la menstruación o que se produzcan pérdidas de sangre debido a un nivel hormonal insuficiente.
Estos síntomas no necesariamente terminan en un aborto, aunque siempre hay que consultar al ginecólogo y guardar unos días de reposo.
Se habla de aborto cuando la interrupción del embarazo se produce antes de la semana 21 de la gestación. Más de un 50% de los abortos se produce por alteraciones genéticas en el embrión.
En otras ocasiones se debe a malformaciones uterinas, miomas y otras patologías orgánicas en el útero, insuficiencia del cérvix uterino, insuficiencia hormonal, sobre todo de progesterona, y enfermedad grave de la madre.
A veces el aborto viene provocado por causas extrínsecas como grandes dosis de radiación y ciertos fármacos. Sólo en un porcentaje muy reducido de los casos son desconocidas las causas del aborto.
La mayoría de los abortos suele producirse al principio del embarazo, incluso antes de que la mujer sepa que se ha quedado embarazada y se interpretan como meros retrasos menstruales.
Tras un aborto, generalmente no hay ningún problema para que la mujer vuelva a quedarse embarazada y tenga un parto normal, aunque el médico suele aconsejar dejar pasar un plazo de dos o tres meses.
Menos frecuente es el aborto tardío, que ocurre después del primer trimestre y se considera como nacimiento del bebé muerto. Suele producirse como consecuencia de una dilatación prematura del cuello del útero, lo que puede provocar la ruptura de la bolsa de líquido amniótico. Es lo que se conoce como cérvix incompetente.
Es posible también que este tipo de abortos se produzca por problemas de la placenta. Si se detectan a tiempo, el reposo y una serie de medidas según la causa, permitirán, en la mayoría de los casos, llevar a buen fin la gestación.