Higiene del sueño en los niños de 1 a 2 años: horas, rutinas y costumbres

Los niños de 1 a 2 años necesitan dormir una media de 12 horas, repartidas entre el día (un par de siestas) y la noche. A esta edad, las rutinas (un baño, un cuento, etc.) ayudan a favorecer el sueño del niño. En cuanto a dormir o no con los padres, existen dos posturas. Algunos padres optan por dejar que el niño duerma en su habitación y otros padres prefieren el colecho.

¿CUÁNTAS HORAS DEBERÍA DORMIR ?

Para un descanso reparador, cada persona necesita dormir un cierto número de horas. Unos más, otros menos.

Los niños de más de un año necesitan al menos 12 horas. Puede repartirse en un sueño largo por la noche y una o dos siestas cortas durante el día.

La hora más propicia para el sueño es a las 9 de la tarde, pero no es algo inamovible. Si observamos a qué hora el niño empieza a mostrar señales de cansancio, se puede saber cuál es la hora ideal para acostarle todos los días y establecer esa hora como su “hora de dormir”.

A esta edad el niño ya debe haber aprendido a dormirse solo en su cuna.

Conviene acostumbrar a los bebés a dormir a oscuras desde muy pequeñitos. De ese modo les resulta más fácil conciliar el sueño y tener menos miedos.

¿CÓMO FAVORECER EL SUEÑO?

Para facilitar que el niño se quede dormido, puede ser útil:

  • Permitirle bastante actividad durante el día, pero reservar actividades más serenas para las últimas horas de la tarde.
  • Bañarle.
  • Evitar darle una cena muy abundante.
  • Cepillarse los dientes.
  • Desarrollar algún ritual.
  • Acostarle en su camita o su cuna, darle las buenas noches y un beso, apagar la luz y salir de la habitación,…

¿COMPARTIR HABITACIÓN O NO?

Con respecto a si el niño puede o no compartir la cama de los padres o la habitación, hay dos tendencias opuestas. Cada familia puede optar por la que le parezca más adecuada y obrar en consecuencia.

  • Opción DORMITORIOS SEPARADOS: esta costumbre se ha extendido a partir de algunos cambios sociológicos en las sociedades «modernas». La propuesta es que:
    • El bebé nunca se acueste en la cama con los padres.
    • El bebé se traslade a otra habitación independiente de la de sus padres a partir de los 6 meses de edad.
    • La habitación y la cama de los padres sea «territorio prohibido» para los niños.
    • Si el niño llora por la noche, se le debe consolar en su propia habitación y jamás permitirle ir a la cama de los padres. Y esto tiene como consecuencia que cuando se rompe la norma (por una enfermedad del bebé, porque un día los padres sí tienen ganas de jugar con el bebé, porque de forma provisional no se dispone de esa otra habitación para el bebé…) el bebé tiene la oportunidad de estar más tiempo con sus padres y, por lo general, lo prefiere. Será algo difícil dar “marcha atrás”. Habrá que «entrenar» al bebé de nuevo, habrá que ser un poco severos. Durante las fases de «entrenamiento» hay que soportar cierta dosis de llanto por parte del bebé. No todos los padres están dispuestos a ello (por cansancio, por temor a molestar a los vecinos, por tener ambos padres distintas opiniones,…). En estos casos, el bebé sabe de forma instintiva cómo puede conseguir lo que quiere.
  • Opción COLECHO: de forma tradicional, a lo largo de la historia de la humanidad, los bebés han estado siempre cerca de sus padres. Día y noche. En los albores del siglo XXI sigue siendo la norma en muchas culturas (en más del 75% del mundo). Para muchos padres actuales supone una opción natural que tiene más en cuenta las necesidades del bebé, anteponiéndolas a las de los padres, que, a fin de cuentas, son adultos. En estas familias, desde que nace, el bebé está en la misma habitación de los padres. Si el bebé duerme mejor o si la madre está más cómoda amamantando en la cama, el bebé duerme a menudo con los padres. No hay fecha fija para que el niño tenga habitación propia. Lo decide cada familia en función de sus necesidades y de la evolución del pequeño. La cama de los padres es un lugar que puede compartirse en función de las necesidades de cada cual, tanto para relaciones placenteras (mimos, cosquillas), como cuando el bebé está triste. Las consecuencias que estas familias afrontan son que:
    • Los padres pierden cierta intimidad (que se puede recuperar en otros momentos).
    • La atención al bebé se comparte más por ambos padres.
    • Curiosamente, los niños que son así aceptados por los padres suelen desarrollar pronto su independencia.
    • El niño es tratado de forma individual según sus características y necesidades afectivas.