Estilos educativos: ¿qué ocurre si los padres sobreprotegemos a los niños?

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El estilo educativo que favorece el desarrollo de los niños es el estilo democrático, puesto que los padres que tienen este estilo dialogan más con sus hijos, sin descuidar el control de su conducta y enseñan a los niños a ir asumiendo responsabilidades. Los niños educados de manera democrática son menos inseguros y tienen una buena autoestima.

Un estilo educativo democrático promueve un mejor desarrollo cognitivo puesto que los niños van adquiriendo poco a poco responsabilidades.

Los niños se enfrentan a retos adecuados a su edad y desarrollo, siempre con el respaldo amoroso de unos padres que entienden que no tienen que hacer las cosas perfectas.

Sin embargo, otros estilos educativos dan como resultado niños más inseguros. Y además no se potencia tanto su desarrollo intelectual. En cualquier caso, lo más beneficioso para el crecimiento del niño es criarse en un hogar estructurado: con normas de conducta, límites que se administran mediante refuerzos y castigos y donde se siguen unos rituales de actuación.

Pero ¡ojo! no hay que convertir la casa en un campamento militar absolutamente rígido. Los hogares que más aportan al desarrollo infantil son aquellos donde se dan circunstancialmente cambios que ayudan a la flexibilización del orden, sobre la base de una rutina estable.

¿Qué ocurre si los padres sobreprotegemos a los niños?

La sobreprotección merece una mención especial ya que es cada vez más frecuente entre los padres. El aumento se produce probablemente por el menor número de hijos que tienen ahora las familias (para bien y para mal se concentra toda la atención en un solo hijo).

Por sobreprotección se entiende una pauta educativa de los padres que, con la mejor de sus intenciones, tratan de evitar que sus hijos sufran. Este mimo o celo excesivo parte de los miedos del propio padre y de la idea que querer evitarle los sufrimientos y los errores cometidos por uno mismo.

El problema surge cuando al niño (para que no sufra) se le coartan sus ansias de investigar, probar, retarse a sí mismo. Está bien vigilar y controlar que no le pase nada excepcionalmente peligroso, pero sí hay que dejarle probar los límites de su propio cuerpo, de su fuerza, de su capacidad.

La sobreprotección puede ir cambiando de forma a medida que crecen los hijos.

Al principio simplemente se circunscribe a la seguridad en el hogar. Pero poco a poco se va ampliando a otros ámbitos (qué lugares visita nuestro hijo cuando no está con nosotros, qué amigos tiene, qué actividades realiza, etc). A medida que el campo de acción de los niños aumenta, los posibles riesgos también.

Se trata de una práctica que disminuye la autoestima de los niños, ya que no les permite probar sus capacidades y que desgasta a los padres puesto que las necesidades de control aumentan rápidamente al crecer el niño.

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