Niños educados: ¿les enseñamos a controlar sus impulsos?

Algunas veces los padres nos empeñamos de manera insistente en conseguir que nuestros hijos sean educados. No nos gusta que cuando alguien le pregunta algo a nuestro hijo, el niño responda de manera grosera o impertinente. Sin embargo, muchas veces me pregunto si somos realmente conscientes de lo que queremos enseñar.

El otro día, una amiga me dejó a su hijo por un rato. Mis niños no estaban y entonces decidí jugar con él mientras volvía su padre a buscarle. Es un niño pequeño y, como toca, curioso e intrépido. Yo tenía miedo de que fuera a echar de menos a sus padres así que empezamos a sacar toda una batería de juguetes y entretenimientos. El niño, educado donde los haya, se portó de forma correcta haciéndome caso en todo lo que le decía o pedía. Estuvo relajado, entretenido, parlanchín, participativo… lo cual es de agradecer teniendo en cuenta que no llega a los cinco años.

Cuando yo intuía que su padre iba a llegar a buscarle, empecé a prepararle para evitar eso que tanto les cuesta a los niños que es tener que dejar de jugar cuando no les apetece. Entonces le pregunté: ¿me ayudas a recoger? Y él, muy tranquilo, me contestó – no, gracias- . Cuando le oí no pude contener una carcajada y el niño me miró muy sorprendido. Imagino que no entendía dónde estaba la gracia. Enseguida me vino a la cabeza mi hijo y me acordé que cuando le pregunto si puede dejar de jugar y venir a meterse en la bañera me dice lo mismo. Me contesta que no y, si le pregunto por qué, lo dice claramente: porque no me apetece.

No creo que estos dos ejemplos sean algo aislado. Entiendo que es algo habitual en niños pequeños. Los padres tratamos de que nuestros niños contesten bien y utilicen formas de cortesía: “por favor” “gracias”. Se lo disfrazamos como que tienen que ser educados y decir las cosas bien pero, en realidad, también queremos que aprendan a controlar sus impulsos. Que sepan que en cada momento no pueden hacer lo que más les apetece sino lo que más conviene y esto requiere un esfuerzo mucho mayor. Es decir, que no solo vale con que digan las cosas bien sino que sepan qué tipo de cosas está bien que digan o hagan en cada momento.

Este aprendizaje es mucho más largo y complejo y, en ocasiones, los padres lo tomamos a la ligera. Aprender convencionalismos sociales y ajustar nuestra conducta a ellos es algo que tenemos que hacer para ser aceptados y reconocidos en sociedad pero, muchas veces, supone un sacrificio grande y no valoramos suficiente lo que los niños dejan de lado por cumplirlos: jugar, investigar, probar, etc.

Y mi duda es: ¿cómo hacen otras madres para conseguir que sus hijos sean “educados” y, al mismo tiempo, se sientan realizados, satisfechos y felices?

Autora: Ainhoa Uribe

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