¿Cómo perciben los niños el estrés diario de los padres?

Es increíble lo perceptivos que pueden llegar a ser los niños con los estados emocionales de los padres o de los adultos que están a su alrededor. Todavía escucho a mucha gente, mayor eso sí, que dice –si a esta edad no se enteran- .

Menos mal que cada día soy, y creo que en general somos, más conscientes de que nada ABSOLUTAMENTE NADA pasa desapercibido para un pequeñajo, y menos el tono emocional con el que se dicen las cosas. Puede que todavía no sepan hablar o que no sepan explicar racionalmente qué es lo que ocurre, pero captan lo que sucede a su alrededor y actúan en consecuencia.

Esta semana se me ha hecho especialmente evidente por lo que ahora os voy a contar. Aprovechando que los niños son pequeños y todavía van a guardería intento no hacerles madrugar. Claro está que yo trabajo de tarde y por las mañanas no llevo una prisa excesiva. Está muy bien que los niños duerman hasta las 8.00 u 8.30 horas, pero esto implica que para cuando ellos se levantan su padre ya se ha ido de casa y prácticamente está ya sentado en su puesto de trabajo.

¿Qué consecuencia tiene esto? Que la que se encarga de dar desayunos, cambiar pañales, vestir, lavar caras y dientes, peinar, echar colonia, poner zapatos y abrigos antes de salir por la puerta soy yo sola. Eso sin contar con mi propia preparación, dejar recogida la casa, prevista la cena y atender a cualquier eventualidad que pueda surgir: que la pequeña se vomite encima después de estar completamente vestida y lista, que su hermano no llegue a tiempo al baño para hacer pis y haya que recoger y fregar además de cambiar toda la ropa, que la gata no haya organizado algún desaguisado….

Como podréis deducir por el relato, salir de casa por las mañanas es toda una ginkana a contrarreloj llena de obstáculos. Y superarla en tiempo y de buen humor se convierte en todo un reto diario. Suelo empezar apremiando al mayor para que acabe de desayunar o venga a vestirse y, a medida que pasan los minutos, mi tono de voz se va elevando y cada vez soy menos comprensiva con los retrasos y las ganas de jugar.

En concreto, el otro día después de haber superado la salida de casa, una vez en el portal, tuve que volver a subir porque me había olvidado el «pen drive» con todos los documentos en los que había estado avanzando por la noche. De vuelta en la calle, por supuesto tarde, creo que casi me salía humo por la cabeza peleándome para cruzar con el carrito por un paso de peatones que está en obras y cuyo asfalto está totalmente agujereado. En ese momento, mi hijo mayor, que no llega a los 3 años se volvió hacia mí y me preguntó: «Mamá, ¿tas fadado?» Ahí me desarmó por completo y cuando le contesté que sí, siguió: «¿Y po qué?» Una chica que cruzaba el paso de peatones al mismo tiempo que nosotros, no pudo más que volverse, echarse a reír y decir: ¿Cómo pueden saber tanto siendo tan pequeños?

Y digo yo: ¿de verdad cada vez que me estreso mi hijo me verá como una mamá enfadada? Está claro que tengo que empezar a organizarme de otra manera para que el estrés no nos amargue las mañanas.

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Autora: Ainhoa Uribe

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