Las infecciones del tracto urinario son difíciles de diagnosticar en los bebés porque pueden dar muy pocos síntomas o ser éstos muy confusos.
Se debe sospechar una infección de este tipo en casos como:
a) El bebé que no gana peso
b) El bebé con fiebre alta, en el que no se aprecia foco infeccioso.
c) El bebé con fiebre, diarrea y/o vómitos.
d) La orina de olor extraño, no amoniacal, o que tiñe mucho el pañal.
Sólo los niños mayorcitos serán capaces de decir si tiene dolor o molestias al orinar y si les duele el abdomen o la zona lumbar.
Si se sospecha de una infección urinaria, conviene confirmar la infección mediante un análisis de orina.
Un análisis rutinario con tira reactiva y estudiando con microscopio el sedimento es sencillo, barato y rápido. Puede servir de orientación, pero no es definitivo.
Lo más fiable es el urocultivo, que nos indicará el tipo de germen que causa la infección, si existe en gran número y qué antibióticos serán más eficaces para combatirlo como el antibiograma.
Es importante recoger la orina sin que ésta llegue a contaminarse con las heces del bebé.
Para recoger la orina se utilizan bolsas que se adhieren a la piel.
Primero hay que lavar y secar bien la piel del periné. Colocar la bolsa y esperar a que el bebé orine.
Si no ha orinado pasados 20-30 minutos, conviene lavar de nuevo el culito y poner una bolsa nueva.
La orina debe entregarse al laboratorio cuanto antes y procurando que no se caliente en el ambiente.
Si hay una sospecha fundada de que el bebé tiene una infección de orina el pediatra recomendará un antibiótico, sin esperar a que llegue el resultado del cultivo.
El tratamiento recomendado debe ser al menos de 8 días y, pasados 3-4 días más, conviene realizar nuevo análisis, para asegurarse de que ya no hay infección.
Las infecciones mantenidas de las vías urinarias pueden comprometer el desarrollo de las mismas e incluso llegar a dañar los riñones.