La fiebre es la elevación de la temperatura del cuerpo, por encima de los valores habituales. Si la temperatura del cuerpo está entre 37º y 38º, se suele decir que se tienen “décimas” o también “febrícula”.
Entre 38º y 39,9º, hablamos de fiebre. Por encima de 40º, de “hipertermia”.
En el mismo momento, el termómetro nos puede indicar diferente temperatura en diferentes partes del cuerpo (en la boca o en el recto, suele haber 5 décimas más que en la axila o la ingle).
Los termómetros más exactos son los de mercurio. Los electrónicos, son algo menos exactos pero muy cómodos ( y no se rompen tan fácilmente).
En general, la fiebre indica que se han puesto en marcha procesos defensivos del organismo.
La fiebre no es mala por sí misma. En realidad es un indicador de que “algo ocurre en alguna parte”.
El termómetro puede mostrar una temperatura algo superior a la normal en situaciones normales como:
Los bebés o niños con fiebre suelen tener la piel caliente, sobre todo en la frente y en el tronco.
A veces coexiste con pies y manos fríos, incluso amoratados.
En ocasiones, la piel parece roja. Otras, más pálida y con vetas amoratadas, como si fuera mármol.
Algunos bebés están inquietos cuando tienen fiebre, mientras que otros están más adormilados.
A veces, el bebé se queja. Otras no expresa malestar. En el caso de los niños ocurre lo mismo.
Aparte de la fiebre, hay que observar si el bebé o niño pequeño tiene otros síntomas acompañantes que darán pistas acerca del posible origen de la fiebre.
Lo que no conviene hacer:
La única posible complicación de la fiebre por sí misma son las convulsiones febriles.
Aparte habría que considerar las complicaciones debidas al problema que causó la fiebre.
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