Los músculos del cuerpo están gobernados por el sistema nervioso central.
Los nervios envían órdenes a los músculos para que se contraigan o relajen. El cerebro es quien envía las órdenes.
Si el cerebro ha sufrido algún daño (por ejemplo una hemorragia, falta de oxígeno, una inflamación...) puede lanzar órdenes “desordenadas”, es decir, sin finalidad ninguna, de forma automática y brusca. Esas descargas eléctricas se convierten en movimientos de los músculos.
Como se puede afectar cualquier músculo del cuerpo, las manifestaciones de las convulsiones pueden ser muy variadas. Por ejemplo:
Algunos movimientos de chupeteo automático pueden ser convulsivos.
Volver los ojos, ponerlos en blanco, también.
Respiración agitada, ronca, irregular si se afectan los músculos que intervienen en los movimientos respiratorios. Como resultado, el bebé puede ponerse amoratado, o sufrir cambios de color en la piel.
Los brazos y piernas pueden sufrir sacudidas.
Además, el bebé suele tener alterada la conciencia (cosa que es mucho más difícil de comprobar en un prematuro).
En primer lugar los neonatólogos deben asegurarse de que se trata de verdaderas convulsiones, ya que hay algunos movimientos anómalos que se deben a trastornos metabólicos (hipocalcemia, hipoglucemia ). Para ello se hará un análisis de sangre.
En segundo lugar conviene cortar cuanto antes la convulsión y para ello se utilizan distintos medicamentos: Fenobarbital, Luminal, Diazepam....
Se pueden administrar por el recto aunque, como es probable que el bebé tenga ya una vía venosa (un suero), se le administren directamente a la sangre.
En casos rebeldes, cuando las convulsiones no ceden, hace falta sedar o anestesiar al bebé con fármacos más potentes. En ese caso el bebé también necesitará respiración artificial.
También habrá que investigar el origen de las convulsiones: puede tratarse de la primera manifestación de una meningitis, o de una hemorragia cerebral. Por tanto el bebé será sometido a diferentes pruebas (punción lumbar, ecografía cerebral, electroencefalograma...).
La primera y más grave es que se produzca una brusca parada cardio-respiratoria.
Sin embargo, conviene saber que el cerebro del bebé prematuro es por una parte muy débil y vulnerable, puede ser dañado por muy diversas causas. Pero por otra su inmadurez puede ser una ventaja, porque una parte dañada quizá no se recupere, pero su función puede ser asumida por otra.
De modo que las consecuencias de las convulsiones son difíciles de predecir en los primeros momentos. Sólo pasados unos meses, cuando se observe la evolución del bebé y se valoren las ecografías, análisis y EEG, podrá saberse si ha quedado alguna secuela.