Este trastorno del sueño resulta muy alarmante para los padres. Ven que su hijo se despierta en mitad de la noche, muy asustado, gritando, con la cara roja, agitado, sudando...
Sin embargo, el niño no está despierto sino dormido (aunque tenga los ojos abiertos). De hecho no ve a sus padres, ni escucha sus palabras de consuelo. En realidad está sumergido de lleno en un sueño.
Después de unos interminables minutos, el niño se tranquiliza y vuelve a relajarse en la cama y sigue durmiendo normalmente. Y al día siguiente no recuerda nada.
Los padres suelen sentirse angustiados porque se ven incapaces de consolar o tranquilizar a su bebé. Sin embargo se trata de un trastorno muy frecuente, siempre pasajero y que no conlleva consecuencias a corto ni largo plazo.
Lo único que pueden hacer los padres es permanecer junto al niño, por si se despierta, para que no se caiga,... Aunque, en general el niño no permite que lo abracen porque está muy agitado.