Durante su segundo año de vida, el niño suele desarrollar dos pautas opuestas de comportamiento.
En unas ocasiones se muestra independiente, queriendo hacer las cosas por sí mismo y rechazando la ayuda del adulto y, en otras, demuestra una dependencia absoluta de los padres, mostrándose indefenso y necesitado.
Ahora que puede andar y comunicar sus necesidades con algunas palabras, el niño tiende a alejarse del adulto para descubrir el mundo por sí mismo. Pero, a la vez, se siente incómodo cuando presiente la ausencia de sus padres o cuidadores.
A medida que crece, el niño va dejando de ser dependiente y se hace cada vez más capaz de valerse por sí mismo.
Lo que es una tendencia natural puede verse reforzado o frenado por la actitud de los padres. Y el resultado también va a depender del temperamento del propio niño.
Algunos padres o madres temen que el bebé adquiera independencia, que se aleje de ellos. De forma inconsciente boicotean sus ansias de independencia. Si su bebé es tímido y tranquilo, lo será aún más. Si es de carácter fuerte, se rebelará.