Se trata de una aventura enriquecedora para su madurez mental y física. Del grado de satisfacción que obtenga en sus experiencias, dependerán su confianza y sus ganas de explorar. ¿Cómo nos enfrentaríamos a este reto?:
¿Abiertos y seguros de poder encontrar lo positivo que nos ofrece? o ¿temerosos y desconfiados?
En el bebé, la segunda opción no existe. Su naturaleza le predispone a abrirse al mundo, a descubrirlo sin temor. De hecho, los padres deben procurar potenciar esta actitud positiva en su hijo. Por ejemplo, si el bebé juega en un parque conviene que explore su entorno sin importar mucho que se manche.
El adulto con autoestima y confianza, se enfrentaría a ese hipotético mundo nuevo con una actitud positiva, con interés por explorarlo y beneficiarse de lo que le ofrece. Reaccionaría ante las situaciones adversas con creatividad, desarrollando alternativas que le aportasen soluciones.
La apertura mental del niño al conocimiento, despeja los miedos, fortalece su autoestima y genera respeto y confianza hacia los demás.
A través del conocimiento y de la observación, el niño aprende las infinitas posibilidades que la vida le ofrece. Despierta al mundo del que forma parte. Crece receptivo, confiado y abierto a explorar. Desarrolla a partir de sus experiencias, el ingenio y la imaginación.