María Abalo/elbebe.com
En España, desde que se aprobó la Ley de Adopción Internacional el 28 de diciembre de 2007, todos los hijos, incluso los concebidos mediante técnicas de reproducción asistida, tienen derecho a conocer sus orígenes biológicos a partir de la mayoría de edad. Un derecho que ya reconocía el Código Civil y que las Comunidades Autónomas recogían en sus respectivas legislaciones, ya que en materia de adopción las competencias están transferidas. Sin embargo, la realidad es otra ya que para muchos hijos adoptados su historia y su origen familiar todavía son como una hoja en blanco.
Beatriz (Madrid, 1971), nuestra madre protagonista, fue un regalo del cielo para sus padres. Su infancia transcurrió dentro de la normalidad como la de cualquier niño, feliz y sin demasiadas complicaciones, pasando por las etapas propias de la vida: infancia, adolescencia, madurez... Sus padres adoptivos le brindaron todo el amor, comprensión y cuidado desde sus primeras horas de vida, y así ha sido hasta hoy. Sin embargo, no hablar de su adopción como algo natural la condujo, años más tarde, a hacerse muchas preguntas en silencio.
A finales de los años 70, la adopción era un hecho casi privado, sin notoriedad pública, reservado a la familia y a un grupo reducido de amigos. Nadie preguntaba nada, ni nadie daba explicaciones. En aquel momento se protegía más la voluntad de los padres que el derecho a la información de los hijos. Además, los padres adoptivos vivían con un temor acérrimo a que su entorno los estigmatizara por sus problemas de esterilidad o que en algún momento sus hijos le espetasen eso de “quiero saber algo de mi familia de origen” o años más tarde aquello de “cállate, tu no eres mi padre”. Según Felipe Marín, Psicólogo Psicoanalista del Centro Th. Reik, algunas de las razones por las que los padres temen hablar de la adopción son pudor, falta de preparación o limitaciones a la hora de expresar sus sentimientos.
En el caso de Beatriz llegó un momento en que no podía dejar de preguntarse por qué era tan diferente de sus padres. Y aunque había muchas similitudes fruto de la convivencia, también había bastantes diferencias. Hoy sabe lo que es ser madre, ya que tiene tres hijos. Y la única pieza de su historia que le faltaba por conocer, la ha conseguido encajar. Ha deshecho el nudo que llevaba dentro y reducir, si cabe, la distancia que la separaba de su familia producida por la ausencia de comunicación. Un silencio que ha mimetizado de sus padres y que, por extensión, también ha marcado su relación con sus hijos.
Beatriz necesitó saber quién era cuando fue algo mayor, alrededor de los treinta años, momento en que ya era madre de tres hijos, estaba felizmente casada y la relación con sus padres era buena. Conoció su condición de adoptada desde que tuvo uso de razón, alrededor de los siete u ocho años.
Desde pequeña fue una niña muy curiosa y sobre todo, muy observadora. El primer indicio de sus sospechas fue la diferencia de edad que la separaba de sus padres, ya que eran algo mayores a los de su generación de amigos. El segundo fue su condición de hija única. Su madre, aparte de cuidar a su padre y a ella como si fuesen familia numerosa, siempre manifestó su pesar por no tener más hijos, pero nunca le ofreció una explicación clara de por qué no podía tener descendencia. El tercero fue cuando encontró una fotografía de su madre en bañador y sin tripa un mes antes de su nacimiento. Y el último, estudiando los grupos sanguíneos en clases de biología, cuando tenía once o doce años. En ese momento se dio cuenta de que genéticamente era imposible que fuera hija biológica de sus padres.
Beatriz siempre tuvo dudas, pero no tenía certezas. Durante todo ese tiempo calló y no dijo nada. Hasta que llegó un día, con trece años, que le comentó a una amiga que creía que era adoptada y ella, para su sorpresa, le respondió- Anda, ¡pues claro!.
Muchos menores, al igual que Beatriz, sospechan de su condición de hijos adoptados desde temprana edad. Sin embargo, el temor de las familias a revelar la verdad sobre sus orígenes conduce a muchos de ellos a inhibir su capacidad de preguntar e inconscientemente frenan su curiosidad natural.“Una de las consecuencias de la ausencia de información es anular el deseo de conocer. Estas situaciones conducen a los hijos a pensar que saber resulta peligroso y que puede poner en peligro el amor que tienen los hijos por sus padres”, señalan Lila Parrondo y Juan Alonso Casalilla en el libro El reto de ser padres (Ed. Salvat).
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