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Y si el niño se pone malito, ¿falto al trabajo?

Todo el equilibrio familiar se desmorona el día que uno de nuestros pequeños amanece malito. En la mayoría de los hogares ese tiempo que va desde el momento de levantarse a la entrada de cada uno de los progenitores en sus respectivas oficinas precisa de una disciplina casi marcial. No es necesario ni dirigirse la

Un niño que está malitoTodo el equilibrio familiar se desmorona el día que uno de nuestros pequeños amanece malito. En la mayoría de los hogares ese tiempo que va desde el momento de levantarse a la entrada de cada uno de los progenitores en sus respectivas oficinas precisa de una disciplina casi marcial. No es necesario ni dirigirse la palabra (tanta confianza con la pareja a veces da asco): mientras uno se ducha el otro prepara los desayunos, luego despertar y vestir a los niños, pises, pelos, dientes, mochilas, atasco… Todo controlado.

Por eso la otra mañana casi entro en crisis al comprobar que los mofletes de mi pequeño ardían como dos manzanas encarnadas. Mi madre estaba viaje y carezco de confianza con la vecina como para pedirle que me cuidara a la criatura por unas horitas, así que no me quedó más remedio que llamar a mi jefe y a pesar de su tono disgustado, comunicarle que no iba a poder contar conmigo.

Cuando una mira a Europa y ve que en Holanda, Bélgica, Alemania o los países nórdicos no hay que pedir disculpas por faltar al trabajo cuando un familiar directo enferma (ya que cuentan con permisos retribuidos, hasta 12 días al año, para este tipo de eventualidades), dan ganas de plantearse el traslado o hacer un escrito a nuestros queridos gobernantes para que reflexionen sobre las dificultades de las madres trabajadoras a la hora de llevar a la práctica eso que llaman “conciliación”. Por fortuna el Congreso acaba de aprobar una proposición en la que se insta al Gobierno a que regule un permiso laboral retribuido cuando uno de nuestros hijos debe pasar largas temporadas hospitalizado. Está demostrado que en estas tristes circunstancias el niño necesita a sus padres más que nunca y por otro lado, parecería injusto obligar al padre a elegir entre su hijo y el trabajo.

¿Pero qué sucede entonces con los catarros, gastroenteritis… y todas estas enfermedades menores que desbaratan nuestras rutinas cotidianas? Hoy he podido torear el asunto bajo la promesa de que me pasaría a última hora por la oficina para recoger unos documentos que tendré que revisar luego en casa (mientras ayudo a mi hija con los deberes, preparo las meriendas, los baños, la cena…). ¿No deberían plantearse las empresas mayor flexibilidad horaria para este tipo de imprevistos? Juro que haría unas horitas extras con tal de no sentirme culpable cuando falto al trabajo por atender a mi hijo enfermo.

En tu caso, ¿tienes algún problema en el trabajo cuando tu hijo se pone enfermo?, ¿has llegado a algún acuerdo con tu empresa cuando necesitas faltar al trabajo para cuidad de tus hijos?

Autora: Cecilia Frías

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