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¿Debemos intervenir los padres ante una pelea de niños?

Verdaderamente hay ocasiones en los que me planteo quién me habrá dado el título de madre. Me paso los días intentado inculcar en mis pequeños ciertas normas de convivencia civilizada: “Cariño, no se muerde”, “hay que comer con la boca cerrada”, “tienes que respetar al prójimo”, “no se habla a voces”…y así podría continuar mi

Peleas de los niñosVerdaderamente hay ocasiones en los que me planteo quién me habrá dado el título de madre. Me paso los días intentado inculcar en mis pequeños ciertas normas de convivencia civilizada: “Cariño, no se muerde”, “hay que comer con la boca cerrada”, “tienes que respetar al prójimo”, “no se habla a voces”…y así podría continuar mi listado hasta llenar tres folios y medio.

Pero claro, esta madre modélica no se ha planteado que de nada sirve encadenar retahílas de buenos propósitos si luego no se predica con el ejemplo. Veamos pues un caso práctico de tal situación: Cinco y media de la tarde en un parque cualquiera de la capital. La madre modélica se aposenta en un banco dispuesta a leer el periódico mientras sus dos churumbeles trepan, brincan y se columpian como locos por cada uno de los juegos infantiles. Muchos pensarán que vaya una manera de vigilar el esparcimiento de los hijos es esa de llevarse prensa al parque, pero en su defensa debemos matizar que los chicos rondan ya los 7 y 4 años.

El caso es que cuando, distraídamente, levanta la vista de las páginas impresas para comprobar que todo está bajo control, la relajada madre advierte cómo a su pequeño de 4, ese que en realidad todavía tiene 3, que como un osito se le acurruca en la cama cada noche y le lanza besitos como un novio en miniatura, está siendo atacado por un chaval que le saca una cabeza y lo tiene acorralado contra la arena. Entonces, como una pantera, que digo, como una belenesteban en plena ebullición se lanza la protagonista de nuestra historia para arrancar al agresor de su minúscula presa, sin ahorrarse un amenazador “Niño como vuelvas a tocar a mi hijo te ma…”

Ella no pregunta primero, para qué. A lo mejor ese niñito de cara angelical que es su hijo le ha llamado al otro “tonto del culo”, o se ha dedicado a lanzarle tierra a los ojos porque no conseguía que se bajara del columpio. Ahora todos lloran, ella debe pedir disculpas a la otra progenitora alterada, y arrepentida tras el arrebato recoge velas para volver, cabizbaja, a casa. Solo su pequeño alborotador conseguirá devolverle la sonrisa cuando apretándole con su regordeta y pringosa mano le diga: “Tú sí que molas mami”.

Y el quid de la cuestión es: ¿Debemos dejar que los niños resuelvan solos sus conflictos? Creo que la respuesta parece obvia, pero el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Autora: Cecilia Frias

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