Archive for Enero, 2008

Esta última semana ando de cabeza a cuenta del pis. Para mí era un tema superado, desde que el verano pasado decidí armarme de valor y quitarle definitivamente el pañal a Sarita (con el “definitivamente” me refiero a “por las noches también”). En principio estaba aterrada de lo que se nos venía encima, porque claro, si la niña se sentía mojada se iba a despertar, nos llamaría y empezaría el cambio de pijama, de sábanas etc.

Pues cual es mi sorpresa cuando la primera noche antes de dormir le hago la terapia de: “Nena, te has hecho mayor y por eso vas a dejar de usar el pañal para siempre. No te preocupes, ni te sientas mal si se te escapa el pis. Tú me avisas y te cambio”, y la niña me responde con toda seguridad: “Tranquila mami, que no se me va a escapar”.

En mi fuero interno la admiro por su alto nivel de autoestima y decido esperar a ver qué pasa. No se oye un alma en toda la noche y yo, que estaba preparada para lo peor, me levanto pensando que mi hija es súper madura y ha controlado el esfínter ella solita por arte de magia. Pero claro, esto no es Holywood, y cuando me asomo a su camita la veo plácidamente dormida entre sábanas empapadas y un fuerte olor a orín en toda la habitación.

Os ahorro lo que nos depararon las subsiguientes semanas para no entrar en detalles escatológicos. Pero a los turnos con mi marido (cada uno hacía guardia una noche), le sucedieron todo tipo de estratagemas: desde la opción de hacer la cama tres veces (sí, así como suena: una encima de otra) con un empapador entre cada una de ellas para no tener que andar con el cambio de sábanas a las 4 de la mañana, hasta motivar a Sarita con pequeños premios si no derramaba gota.

No sé cómo fue pero al final lo conseguimos: las meadas se fueron espaciando y finalmente desaparecieron. Y así de felices vivíamos hasta esta última semana, en la que no hay noche en la que no tengamos función.

Juro que no ha sucedido ningún acontecimiento extraordinario (tengo mis lapsus, pero todavía rijo); procuro que Sarita apenas beba a partir de las 8:30 pm; los celos de su hermanito parecía que se iban mitigando… ¡Vamos, que estoy perdida y desesperada!!

¿Algún alma cándida puede explicarme por qué hemos sufrido esta regresión???
¡Espero vuestras opiniones chicas!!

Más información sobre las rabietas:

Opina sobre este artículo y consulta los comentarios.

Enviar a una amiga:





Enviar a una amiga

4 comentarios actualmente

Escucho en los telediarios que en Navidades o cualquier otra época de vacaciones es cuando más divorcios se producen, y la verdad, ¡no me choca nada! Parece que todas estamos en la oficina culpándonos por no pasar más tiempo con nuestros hijos, y tachando días del calendario para que lleguen las ansiadas fiestas. Pues bien: he de reconocer que he disfrutado como una enana. Que Sarita ha “comprendido” más o menos de qué va la historia de los Reyes Magos (que si la mezclas con Papá Noel, ya es difícil de explicar…), y creo que el desayuno con los regalos fue una de las mañanas más bonitas y emocionantes de mi vida (la “noche de autos” dormí peor yo que mi princesa de tres añitos!).

Ahora bien, la otra cara de la moneda es que los niños pasan más de tres semanas sin ir al cole, y sufren un importante grado de aburrimiento que les lleva a hacer todo tipo de maldades (los regalos sí me han servido como elemento de chantaje: “Como no te comas todo, los Reyes que todo lo ven, te van a dejar carbón”). Pero no nos engañemos: hay un momento en que de tanto repetirlo la amenaza deja de funcionar, y al niño (o al menos a la mía) le “resbala” lo del carbón.

Para que no viera tanta tele, le compré unos cuadernos de recortables, y unos colores para que dibujara. ¡Dios mío, en qué momento se me ocurrió! Había sido un día agotador y me quedé traspuesta en el sofá. Toda la casa estaba en silencio, y algo en mi interior me dio la voz de alarma: cuando abrí sigilosamente la puerta del baño pegué tal alarido que debió de resonar hasta en el portal. Sarita estaba tan contenta, subida a una banqueta y mirándose al espejo mientras se recortaba con toda concentración mechones de su preciosa melena. Primero miré con horror al lavabo: estaba cuajado de rizos!, luego a ella: parecía salida de Auschwitz!, y luego al suelo: allí estaba su hermanito aplaudiendo la hazaña con toda la cara pintarrajeada de rotulador.

Ante semejante escena dantesca no solo perdí los nervios, si no que confieso que pensé: ¡bendito colegio, y bendita oficina!!

¿Qué tal se han portado tus hijos estas vacaciones? ¿Te sientes culpable por no poder pasar más tiempo con ellos?

Opina sobre este artículo y consulta los comentarios.

Enviar a una amiga:





Enviar a una amiga

3 comentarios actualmente