Archive for Diciembre, 2007

Conste que estoy como loca con mi niño. Que no es pasión de madre, pero me ha salido de anuncio: no sé por qué extraña combinación genética la verdad, pero de padres castaños y chaparritos ha nacido un precioso bebé rubito y de ojos claros (y juro que no tuve ningún desliz con un sueco; ¡las ganas!). Pero como no todo se puede tener en esta vida, Álex es precioso, simpático… pero ni me come (por cierto, ¡gracias a todas por vuestros consejos para endosarle la fruta!), y últimamente, ni me duerme.
En este sentido su hermanita fue divina; creo que en sus tres años de vida me habrá dado cinco o seis noche malas, y por causas de fuerza mayor, del tipo, anginas, paperas o alguna otra monería. Así que cuando vi que al principio de tener al niño se sucedían las noches en vela me dije a mí misma: “Lupe, tú tranquila, que estos son los cólicos del lactante. En cuanto pase el primer trimestre todo se calmará”. Pero pasaron los meses y el tema tenía muy mala pinta: la frecuencia e intensidad del llanto eran las mismas, el biberón de las cinco de la mañana también, pero el peso que me tenía que echar a las espaldas para dormirle en bracitos iba “in crescendo”. Así, hasta hace unas semanas en las que ya estaba al borde de la crisis, yendo a trabajar cada día con tan solo 3 o 4 horas de sueño.
Había oído hablar miles de veces del método del doctor Estivill, el famoso Duérmete niño, y aunque era bastante escéptica al respecto, decidí pedirle prestado el libro a una compi de la oficina. En definitiva, se trata de crearle al niño una serie de estímulos externos: un osito, una foto relajante, una nana… para que nada más percibirlos sepa que ha llegado la hora de irse a dormir. Como obviamente el bebé berrea de lo lindo, tú le vas haciendo visitas periódicas según una tabla de tiempos, que te da el propio método, para que el pobre no se sienta abandonado y sepa que su mamá/papá están ahí a su lado.
Como veréis, no solo me lo leí, me lo empollé e incluso subrayé lo más importante: “Si tu pareja y tú no estáis de acuerdo no hay nada que hacer”. Pues nada, mi chico dijo de entrada, así para animar, que pasaba olímpicamente del tema. De modo que me vi sola ante el peligro; todo fuera por dormir del tirón algún día. Y como si de un ritual sagrado se tratase le puse un móvil con música en la cuna, le compré un nuevo peluche, y le pegué en la pared la foto de una luna con estrellas que cada noche le muestro antes de acostarle. Pues no sé si fue brujería o que este doctor es realmente un sabio, pero al tercer día yo estaba durmiendo como una bendita. ¡Qué maravilla!
Sé que existen detractores del método por considerarlo excesivamente riguroso, pero ya el propio libro te dice que cada niño es un mundo y que todo debe adaptarse según las circunstancias. En mi caso estoy tan agradecida que no sé, ¡creo que estas Navidades voy a mandarle a Estivill un jamón!!

¿Te deja dormir tu niño? ¿Conoces el método del Dr. Estivill?

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Llevo días dándole vueltas al tema de la alimentación porque Nico, mi bebé de 9 meses (¡Dios mío, hay que ver cómo pasa el tiempo!), ha decidido declararse en huelga de hambre, y cada tarde le hace el boicot a la fruta. Así que no hay merienda en la que no tengamos crisis.

Como eso de enfrentarme a los problemas me cuesta, este último mes opté por tener tranquilidad y darle el consiguiente yogur, que el niño devoraba sin problemas. Pero pronto vino el cargo de conciencia:

-“¡Qué burrada dos yogures al día! ¡ Le vas a disparar el colesterol a la pobre criatura!”, me soltó mi madre con todo su tacto. Parece que ha olvidado que a nosotros (y somos 4 hermanos) nos crió a base de bocatas de chorizo. ¡Muy nutritivo, claro!

Bueno, bueno, bueno. No había que agobiarse, pero sí tomar una decisión. Probé con potitos, con mezclas de leche y fruta etc. y nada de nada. De modo que en la cena de amigas que intentamos hacer todos los meses (ahí sí que no hay excusa para que los maridos/parejas apechuguen con los niños) saqué el tema a colación. Siempre es una noche entre semana y casi todas llegamos al restaurante tarde, y con cara de agotamiento.

Blanca, la súper madre y hermana de pediatra no lo dudó:
-“Lupe, no puedes dejar que el niño te domine. La fruta es fundamental para su crecimiento y tienes que ser firme. Si no toma su puré no le des nada más. Que sepa que no tiene alternativa, y si le dan arcadas como tú dices, pues tranquilamente recoges el vomitado y lo vuelves a intentar más tarde”.
¡Caray!, ya sé que en el primer mundo ningún niño se muere de hambre pero todo esto me sonaba un poco drástico.
-“Pero por favor Blanca no seas tan radical, que el pobre bebé va a terminar traumatizado. Si ahora no toma fruta pues ya lo hará más adelante”, le contestó otra de mis compis que lleva a sus espaldas la experiencia de tres niños.

Total, que me fui a casa con la duda de si seguir el rollo más pasota u optar por el fundamentalista. “Hum…dependerá de mi grado de energía en el fin de semana”, pensé para mis adentros. Y por fin llegó la hora de la merienda del viernes. Decidí echarle valor, levanté a Nico de la siesta y le senté en su trona. El pobre me sonreía de oreja a oreja ajeno a lo que se le venía encima. Como tenía coloretes en los mofletes me dije (“este niño tiene que tener sed”), así que sin piedad le enchufé su bibe de agua pero con zumo de mandarina. Le dio un trago y pegó un aullido tal que el biberón cayó al suelo del revés que le asestó. ¡Madre mía, si por un poquito de zumo se ponía así…

En fin, yo me lo había currado previamente: para que mi niño no notara el engaño había triturado la fruta junto al yogur, poniendo de nuevo la mezcla en el tarro de una conocida marca de yogures. ¡Pero vaya que si lo notó! Los lagrimones se le empezaron a resbalar, y el puchero desembocó en tremendo llanto. En vez de apiadarme, aproveché que abría la boca para colarle pequeñas cucharadas que se le derraman por las comisuras de los labios. ¡Ay qué lástima! ¡Aquello era una guerra en la que cada una de las partes iba desarrollando nuevas estrategias!: Nico consiguiendo llorar sin despegar los labios (no fuera que la pérfida de su mami le atiborrara de más puré), y yo aprendiendo a esquivar sus manotazos para derribar el tarro, la cuchara o el bibe. Total, que terminamos los dos agotados del estrés, sudando y como para meternos en la ducha: con fruta en el pelo, ojos, y ropa .

¿Merece la pena esta lucha? ¿Tu hijo come de todo? De no ser así, ¿qué tácticas seguiste para hacer que se alimentara bien?

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