Los celos son un sentimiento extraño, difícil de controlar y entender por sus propias contradicciones: se pasa del amor al odio, creemos que ya no somos importantes para el ser amado ante la irrupción de un tercer elemento…
En fin, “vamos a darle una pensada al tema” como diría mi jefe (¡¡oh Dios: será que realmente le echo de menos!!) porque el tercer elemento, en mi caso, se llama Álex y con solo un par de meses de vida ha conseguido revolucionar el mundo interior de su hermana Sarita, y el exterior del resto de la familia. Y como en una casa todo son interrelaciones, basta que uno de los miembros estemos en crisis para que se avecine la tormenta.
Al principio parecía ir todo sobre ruedas: Sarita vino al hospital a conocer a su hermanito, y como mandan todos los cánones y revistas especializadas, le dijimos que el niño le había traído un regalito. Ella estaba encantada, pero al bebé ni puñetero caso oye, es que no le miró ni el patuco. Aunque solo tenga tres años, yo había pasado todo el embarazo intentándole explicar que ya iba atener con quien jugar, que al principio me tendría que ayudar a cuidarlo, lo mismo que hacía con sus muñecos… y parecía tenerlo asumido. Pero claro, de la palabra al hecho… pues fue un shock.
Nada más volver a casa, con el agobio que supone el traslado, la maleta, las plantas que te han regalado, al niño que le toca la toma, y tus hormonas en plena acción, Sarita decidió declararse en huelga de hambre: un par de gajos de mandarina, un yogur y alguna galleta eran su alimento de todo un día. Ante semejante panorama, yo que soy un tanto excesiva, me la llevé directamente al psicólogo, y estas fueron sus palabras: “Señora, lo que está viviendo su hija es como si su marido le instalara la amante en casa, le dijera que es para siempre, y encima le pidiera que la quisiera. Así que ya sabe, la solución es darle toneladas de cariño”. La verdad es que el ejemplo fue lo suficientemente gráfico como para que tomara conciencia de la situación; ahora, en la práctica no todo es tan sencillo: una también tiene que preservar la integridad física de su bebé. Poco a poco fuimos recuperando el apetito. Y como mi niña ha heredado de su mamá ese carácter un tanto extremo y pendular, de la inicial indiferencia pasamos a la obsesión, un tanto enfermiza por el tercer elemento. No solo tenía que ser ella la que le sujetase el biberón, si no que también le lavaba el pelo, le limpiaba el culete, empujaba su carrito y pretendía levantarlo en volandas. A esto último me negué, claro, y a lo anterior con matices. Sobre todo porque después del besito, le metía el dedo en el ojo sin ningún tipo de contemplaciones.
Las semanas han ido pasando, y no es por desanimar, pero los celos siguen ahí, dándole caña a mi pobre Sarita. Yo tengo que hacer verdaderos ejercicios espirituales para no poner el grito en el cielo cada vez que la pobre hace alguna “maldad” para llamar nuestra atención. Y aunque he de reconocer que más de un grito se me escapa (humana soy al fin y al cabo), procuro achucharla y decirle todos los días lo mucho que la quiero. Seguro que podría hacerlo mejor, pero no hay que torturarse porque cada día es una nueva oportunidad para demostrarlo. Creo que es nuestra responsabilidad como padres conseguir que nuestros hijos superen este complejo sentimiento, que comprendan que es normal (¡Ay del niño que se queda indiferente y no se siente príncipe destronado!). Al fin y al cabo, un hermanit@ es el regalo más bonito que podemos hacerles.
¿Sintió muchos celos tu hijo con la llegada del hermanit@? ¿Cuánto tardó en superalo?
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Para empezar, mi vejiga ha ido menguando durante estos últimos meses hasta alcanzar el tamaño de un almendruco, lo cual se traduce en un par de visitas al baño por noche (siempre y cuando la noche se nos dé bien, no llore la niña, y deje de beber agua a partir de las 10 p.m.; lo tengo calculado). No pasaría nada si ahí quedase la cosa, pero es que el segundo de los síntomas hace su aparición acto seguido: el insomnio. Ya nos lo advirtieron “con todo cariño” en las clases de preparación al parto de Sarita: “No os preocupéis si veis pasar las horas en blanco. Se trata de una preparación del propio cuerpo para lo que se os viene encima durante la crianza: teta +gasecitos cada tres horas (¡Ahí queda eso! ¡Para ir dándote ánimos!). Pues bien, no sé si será cierto, pero en mi caso también ayuda a la vigilia el taller ilegal de CD´s que han montado todo un ejército de chinos en el piso de arriba (no sé si llegué a comentar que tras la mudanza cada vez me convenzo más de que la escalera de mi casa es un híbrido entre “Aquí no hay quien viva” y la siniestra “Comunidad” de Álex de la Iglesia).

