Archive for Noviembre, 2007

Los celos son un sentimiento extraño, difícil de controlar y entender por sus propias contradicciones: se pasa del amor al odio, creemos que ya no somos importantes para el ser amado ante la irrupción de un tercer elemento…

En fin, “vamos a darle una pensada al tema” como diría mi jefe (¡¡oh Dios: será que realmente le echo de menos!!) porque el tercer elemento, en mi caso, se llama Álex y con solo un par de meses de vida ha conseguido revolucionar el mundo interior de su hermana Sarita, y el exterior del resto de la familia. Y como en una casa todo son interrelaciones, basta que uno de los miembros estemos en crisis para que se avecine la tormenta.

celos.jpgAl principio parecía ir todo sobre ruedas: Sarita vino al hospital a conocer a su hermanito, y como mandan todos los cánones y revistas especializadas, le dijimos que el niño le había traído un regalito. Ella estaba encantada, pero al bebé ni puñetero caso oye, es que no le miró ni el patuco. Aunque solo tenga tres años, yo había pasado todo el embarazo intentándole explicar que ya iba atener con quien jugar, que al principio me tendría que ayudar a cuidarlo, lo mismo que hacía con sus muñecos… y parecía tenerlo asumido. Pero claro, de la palabra al hecho… pues fue un shock.

Nada más volver a casa, con el agobio que supone el traslado, la maleta, las plantas que te han regalado, al niño que le toca la toma, y tus hormonas en plena acción, Sarita decidió declararse en huelga de hambre: un par de gajos de mandarina, un yogur y alguna galleta eran su alimento de todo un día. Ante semejante panorama, yo que soy un tanto excesiva, me la llevé directamente al psicólogo, y estas fueron sus palabras: “Señora, lo que está viviendo su hija es como si su marido le instalara la amante en casa, le dijera que es para siempre, y encima le pidiera que la quisiera. Así que ya sabe, la solución es darle toneladas de cariño”. La verdad es que el ejemplo fue lo suficientemente gráfico como para que tomara conciencia de la situación; ahora, en la práctica no todo es tan sencillo: una también tiene que preservar la integridad física de su bebé. Poco a poco fuimos recuperando el apetito. Y como mi niña ha heredado de su mamá ese carácter un tanto extremo y pendular, de la inicial indiferencia pasamos a la obsesión, un tanto enfermiza por el tercer elemento. No solo tenía que ser ella la que le sujetase el biberón, si no que también le lavaba el pelo, le limpiaba el culete, empujaba su carrito y pretendía levantarlo en volandas. A esto último me negué, claro, y a lo anterior con matices. Sobre todo porque después del besito, le metía el dedo en el ojo sin ningún tipo de contemplaciones.

Las semanas han ido pasando, y no es por desanimar, pero los celos siguen ahí, dándole caña a mi pobre Sarita. Yo tengo que hacer verdaderos ejercicios espirituales para no poner el grito en el cielo cada vez que la pobre hace alguna “maldad” para llamar nuestra atención. Y aunque he de reconocer que más de un grito se me escapa (humana soy al fin y al cabo), procuro achucharla y decirle todos los días lo mucho que la quiero. Seguro que podría hacerlo mejor, pero no hay que torturarse porque cada día es una nueva oportunidad para demostrarlo. Creo que es nuestra responsabilidad como padres conseguir que nuestros hijos superen este complejo sentimiento, que comprendan que es normal (¡Ay del niño que se queda indiferente y no se siente príncipe destronado!). Al fin y al cabo, un hermanit@ es el regalo más bonito que podemos hacerles.

¿Sintió muchos celos tu hijo con la llegada del hermanit@? ¿Cuánto tardó en superalo?
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Hace poco leía un extenso e interesante artículo sobre el derecho de las mujeres “a parir como queramos, más allá de la asistencia uniforme, impersonal y medicalizada de los hospitales”. Aquí se recogían los testimonios de muchas mujeres que tras una experiencia más o menos traumática de parto tradicional (con su enema, su rasurado, su oxitocina, su episiotomía…vamos, el “pack completo”), habían optado por otras alternativas para alumbrar a sus segundas criaturas. Desde una silla para parir en cuclillas, hasta las que decidían un parto más íntimo y humano en su casa ayudadas por una matrona (aunque parezca mentira, “en España, hace poco más de medio siglo, solo parían en el hospital las pobres de solemnidad”. Vamos, que las pudientes pagaban un tocólogo que las atendiera a domicilio).

Parece que esta última opción se ha ido extendiendo en Holanda, pero también se describían otras posibilidades dentro de las técnicas naturales como, por ejemplo, dar a luz en el agua. Para ello, relataban cómo algunas mujeres (entre ellas, varias conocidas actrices de nuestro cine) llegaron a peregrinar hasta una conocida clínica de Alicante en sus últimos días de gestación. En fin, que el abanico de posibilidades se ha ido extendiendo gracias a Dios.

En mi caso, he de confesar que mi consustancial hipocondría, además de una masoquista tendencia a ver el “vaso medio vacío” no me dejaron mucho lugar a duda a la hora de elegir cómo quería tener a mis hijos. Cuantas más medicinas me pusieran en el gotero, y menos información me dieran, mejor. Sin embargo, ha habido veces (pocas, lo confieso) en que este carácter paranoico me ha ayudado en la vida. Es el caso de mi último parto.

Me levanté tan feliz, a primera hora, para dirigirme con mi chico al hospital (en este caso, privado) en el que me iban a provocar el parto. Total, no era una experiencia desconocida (a Sarita la había tenido ahí mismo), y decían que los segundos salen a todo meter. ¡Ja, ja, ja!… Sospeché que a lo mejor no iba a ser todo tan perfecto, cuando al ir a buscar el coche en el sitio que lo habíamos dejado la tarde anterior encontramos un hueco vacío. En resumen, carga y descarga, y grúa que se lo llevó. Aunque no tenía ni una contracción empecé a hacer las respiraciones de los cursillos de preparación al parto para no degollar a marido en aquel preciso instante. Pronto conseguimos un taxi, pero yo ya tenía la mala leche y los nervios metidos en el cuerpo.

Este mal comienzo parece que se palió cuando la comadrona me reconoció tras el protocolario enema y dijo: “-Huy maja, si ya tienes tres de dilatación. Te pongo el monitor y la oxitocina flojita, y me voy a avisar al anestesista”. “-Bien, bien,bien!!!”, parir sin dolor. Ese era mi sueño, y no en vano había leído en una revista que en un 3% de las mujeres esto es posible. Nunca me había tocado la lotería, así que ¿por qué no podía ser afortunada en esto?

Entonces llegó la temida frase, “Hala, bonita. Quédate tranquilita que luego paso a verte. Solo estate pendiente de que el ritmo del monitor vaya constante, porque de este modo sabremos que el corazón del niño va bien” . Oye, pues pasaron cinco minutos y aquel “tu-tum,tu-tum,tu-tum…” que en principio era regular pasó a tener unas caídas monumentales cada vez que sentía una contracción. No es que viera el vaso medio vacío, es que lo vi más seco que el Manzanares. Era tal mi susto que vinieron ginecólogo y comadrona, para determinar tras un tiempo prudencial que lo mejor era la cesárea ante un posible sufrimiento del feto. (Todo fue de maravilla, pero eso es otro capítulo que ya os contaré el próximo día). ¡Bendito hospital, y bendito quirófano!

Con esto quiero decir que aunque la mayoría de los partos suelen transcurrir sin complicaciones, en un pequeño porcentaje sí que pueden surgir, como fue mi caso; y no quiero ni pensar el grado de angustia si toda esta situación me pilla dando a luz en mi casa, teniendo que coger el coche o llamando a una ambulancia para ir corriendo al sanatorio.

En resumen, y para no extenderme más, pienso que como se decía en este artículo, lo mejor sería que las mujeres pudiéramos elegir cómo traer al mundo a nuestros niños, dotando a los hospitales de unidades de parto natural, pero sin tener que renunciar a la técnica, a la epidural y al quirófano en los casos que haga falta.

¿Te has planteado alguna de estas formas alternativas de dar a luz? ¿Te ha informado tu ginecólogo de la forma en la que se va a desarrollar tu parto si se produce de forma natural?
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La experiencia me dice que el momento final se va acercando (sí, soy consciente de que parezco una abuela en sus últimos días), pero es que hay una serie de señales que me llevan a creerlo (una abuela entre metafísica y esotérica). Intento hacer un esfuerzo de tipo científico para mi pobre cerebro de letras, y tras un buen rato de autoanálisis consigo clasificar estos signos en dos categorías.

Comencemos por los de carácter físico, objetivos y comunes, supongo, con la mayoría de vosotras.

el-final-dr1.jpgPara empezar, mi vejiga ha ido menguando durante estos últimos meses hasta alcanzar el tamaño de un almendruco, lo cual se traduce en un par de visitas al baño por noche (siempre y cuando la noche se nos dé bien, no llore la niña, y deje de beber agua a partir de las 10 p.m.; lo tengo calculado). No pasaría nada si ahí quedase la cosa, pero es que el segundo de los síntomas hace su aparición acto seguido: el insomnio. Ya nos lo advirtieron “con todo cariño” en las clases de preparación al parto de Sarita: “No os preocupéis si veis pasar las horas en blanco. Se trata de una preparación del propio cuerpo para lo que se os viene encima durante la crianza: teta +gasecitos cada tres horas (¡Ahí queda eso! ¡Para ir dándote ánimos!). Pues bien, no sé si será cierto, pero en mi caso también ayuda a la vigilia el taller ilegal de CD´s que han montado todo un ejército de chinos en el piso de arriba (no sé si llegué a comentar que tras la mudanza cada vez me convenzo más de que la escalera de mi casa es un híbrido entre “Aquí no hay quien viva” y la siniestra “Comunidad” de Álex de la Iglesia).

Perdón por las digresiones pero es que mi cabeza me supera. Solo otras causas de tipo físico que podríamos añadir a las ya mencionadas: ardor de estómago hasta con el quesito de Burgos, panza tamaño Obelix que te obliga a ir reculando (y desplazando al pariente) para poder girar en la cama, pasar de la sensación de náusea a comerme tres polvorones etc., etc.

Las señales de orden psicológico no son menos reveladoras.

En primer lugar, la que más afecta a mi personalidad últimamente: me he convertido en un ser bipolar (o tripolar o…) que tan pronto reacciona como Jeckyl que como Hyde, o que directamente se sale por peteneras. Salto del exabrupto al puchero sin solución de continuidad, y veo como el santo de mi chico se va ganado su palco en el cielo. Otro cantar es lo de mi hija: presiento que me va a cobrar en psicólogos cada uno de los gritos que le pego sin venir a cuento. A Dios gracias, todavía es pequeña y por lo tanto, tiene una “memoria de pez” muy poco rencorosa (a los dos minutos su mente se vacía y olvida tanto la tarde de juegos que le has dedicado como la bronca innecesaria). En fin, ya veremos cuando llegue a la adolescencia y no soporte a la histérica de su madre…

Por último, cierro este capítulo con el más patético de todos mis síntomas: las fantasías (sí, fantasías de esas…) con mis ginecólogos. Puedo hablar en plural porque voy por el segundo, y los sueños erótico-festivos se repiten tan a menudo como cuando nació Sarita. En la consulta me muero de vergüenza pero, ¿qué le voy a hacer? Es algo que se escapa de mis manos. En principio me preocupé, pero me ha dicho mi analista que no me angustie, que no estoy salida, que solo se trata de la necesidad de confianza ante una situación que me aterra: el parto.

¿Cómo afrontas la inminencia del parto? ¿Te da la ansiedad por comer? ¿También sueñas con tu ginecólogo?
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