Archive for Noviembre, 2007

Sólo mencionar que aprovecho la sala de espera del ginecólogo para escribir estas líneas de la dimensión real de cómo ha mermado mi tiempo libre desde que nació Álex. Pero vamos al grano, que cada minuto es oro.

Desde mi más tierna adolescencia tengo una serie de miedos patológicos que no he conseguido superar ni con años de psicólogos. Estos protagonistas de mis pesadillas son las serpientes, las alturas y los quirófanos. Para ser más explícita: prefiero verme en la azotea de Torre Picasso, descalza y sobre una alfombra de víboras, antes que sentirme atrapada entre esas cuatro paredes gélidas, a merced de unos cuantos tipos uniformados de verde, a punto de hincarme el cuchillo, perdón, digo “el bisturí”.
Creo que de todo lo anterior se puede deducir mi estado de ánimo días antes de dar a luz: unas inmensas ganas de tener a mi niño entre los brazos se veían oscurecidas ante la posibilidad de que me tocara la temida cesárea. Ya lo dicen las encuestas, (y las encuestas nunca mienten, ¿no?): “Cada vez se practican más cesáreas en la Comunidad de Madrid, y no todas ellas son absolutamente necesarias”.

Para alimentar aún más si cabe estos malos pensamientos (pero “malos” de verdad, que no se trata de ningún eufemismo), mi amiga Isa, que tenía programada la susodicha intervención porque su bebé venía de nalgas me describió la siniestra experiencia en estos términos: “Lupe, ha sido horrible. Me han tenido cerca de tres horas preparándome, desnuda sobre la mesa del quirófano; muerta de frío, mientras el anestesista, los enfermeros y demás batas verdes comentaban el partido de fútbol del domingo. Gracias a Dios que me pusieron una cortinilla de tela a la altura del cuello para no ver la carnicería. Así, solo sentía cómo me hurgaban por dentro, y un terrible olor a pollo chamuscado y vísceras”.

No se me asusten las futuras mamás ante semejante escena gore porque ahora viene la segunda parte del artículo: Como a veces en la vida rige la conocida “ley de Murphy” (es decir, “que si no quieres arroz, pues ahí van tres tazas”) llegó el gran día. Ingresé por la mañana en el sanatorio para que me indujeran el parto (estaba tan a gusto Álex que llegué a la semana 41 sin una sola contracción).

Y tras dos horas de oxitocina en vena mi ginecólogo me anunció la cesárea (he de confesar que en estos momentos ya no me parecía tan atractivo, ni me caía tan bien como he comentado anteriormente). Y aunque me puse lívida, estaba tan dolorida que solo quería que todo acabara pronto y que mi niño no sufriera (venía con doble vuelta de cordón).

Pues bien, en mi vida me han tratado con tanto cariño: recuerdo al camillero diciéndome camino del quirófano “aguanta cielo, que ya no te queda nada”; al anestesista, “reina, no te muevas; piensa que ya va a ser la última contracción”; a la comadrona, “tranquila Lupe, que en cuanto saquemos al niño yo te lo enseño”… ¡Nunca pensé que un quirófano podría desprender tanto calor humano! Fue maravilloso y nada traumático.

La anestesia un alivio milagroso, y el bebé “como para salir en la portada del ¡Hola!”, perfecto, sin un arañazo (me acuerdo de la pobre Sarita recién nacida, toda magullada y con la cabeza en forma de pepino).

En resumen, que más vale una buena cesárea que un mal parto; y que como decía el sabio (hoy estoy metafísica): “a veces el miedo a sufrir es peor que el sufrimiento”.

¿Qué tal fue tu parto? ¿Te sentiste bien tratada por el personal médico?

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Llevo toda la semana dándole vueltas a la cabeza para ver cómo consigo expresar con palabras mi estado de ánimo actual, y he llegado a la siguiente conclusión: Me siento feliz, pero feliz de verdad y a todos los niveles.

feliz.gifNo es que mi vida haya cambiado en los últimos días. Bueno sí, he vuelto a la oficina, se me ha instalado la suegra en casa, Sarita cada vez sufre más los celos de su hermano… Situaciones que a priori podrían desestabilizar a cualquier madre equilibrada y estupenda. Pues yo nada. Se ve que me crezco ante las dificultades (este es uno de los rasgos que definen mi nuevo carácter feliz y autoafirmado: “estoy encantada de haberme conocido” y me veo en positivo. A lo mejor esto de los libros de autoayuda me está perjudicando…). Pero en fin, sigamos reflexionando: Hace unas semanas me hubiera puesto de bajón absoluto ante la respuesta airada de mi jefe a mis reivindicaciones de jornada continuada (que no reducida): “Guadalupe, entiendo que quieras pasar más tiempo con tus hijos, pero esto no es Cáritas, y Continuar leyendo »

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Hoy me gustaría reflexionar sobre la baja de maternidad, lo que debería ser y las propias paradojas que el concepto implica. Para empezar por la propia palabra “baja”, se supone que se trata de un periodo de descanso durante una enfermedad, o tras sufrir algún tipo de intervención que necesite de un proceso de recuperación. Pues que venga Dios y lo vea si a este “sinvivir” de leches, pañales, gasecitos y noches en vela se le puede llamar descanso. Yo llevo ya unas buenas semanas disfrutándola, y por utilizar una metáfora cinematográfica, digamos que me siento como Bill Murray en “Atrapado en el tiempo” (Aclaración para los que no hayan visto la peli: el pobre Bill es un periodista que ha ido a un pequeño pueblo de

la América profunda para cubrir las fiestas locales. El problema es que no sé por qué extraño sortilegio se despierta cada mañana en la misma jornada: “El día de la marmota”, y haga lo que haga no puede lograr que el tiempo avance). Pues bien, en esta etapa de mi vida yo soy Bill. Cada noche me levanto a las 4:15 (más o menos) a poner el chupete durante horas para engañar el hambre de Álex. Como el llanto resuena a mil decibelios en mi humilde y pequeña morada, Sarita se despierta y tengo que sofocar los aullidos en estéreo con ayuda de mi marido. Para entonces ya está amaneciendo, total, que ya le doy la toma al pequeño, le saco los aires, preparo el desayuno, visto a la niña para la guardería…y sobre las 10:00 am. llega el silencio a la casa. Este ansiado momento de paz no dura mucho, y aunque parezca mentira, me da cierta angustia. Así que tengo que enchufar la tele para que me haga compañía.
He aquí uno de los vicios que he adquirido desde que estoy de baja: soy teleadicta, pero de las cutres, no de los documentales de la 2, que va. A mi lo que me va últimamente es Ana Rosa, Arguiñano, el Tomate… (Todo empezó en el hospital. Como con el segundo niño apenas tenía visitas…) ¡Qué lástima!, dirán algunos. Pues sí, yo también lo creo. Ya no necesito ni mirar la hora para las tomas. La tele se ha convertido en una especie de reloj de sol: Channel nº4, las 17:00, Gente, las 20:00… Gracias a Dios hay que recoger a Sarita de la guardería, sacar al bebé a pasear, hacer la compra… Así me obligo a salir de la cueva. Seguro que este síndrome tiene nombre y apellidos; espero que no sea muy grave. La cuestión es que cada día es igual al anterior, como en la peli, y solo tengo la conciencia de que el tiempo pasa porque Álex crece y ya no le valen los pijamas del mes pasado.

Todo lo anterior suena un poco a madrastra, pero que nadie se lleve a engaño: yo estoy loca con mi niño. Es un solete que me despierta a las 4 de la mañana, pero con una sonrisa de oreja a oreja. Yo le adoro hasta un punto casi edípico. Ahora bien, el problema es que no habla, y nuestra comunicación se ve limitada a los ajitos, los cinco lobitos y el cucu-tras… y claro, yo, pues o me comento a mi misma o hablo con los de la tele (que son mis nuevos mejores amigos).

PD: En momentos de extremo bajón he llegado a tener pensamientos impuros (del tipo: ¡oh, quiero volver a la oficina!, despotricar contra mi jefe, y currar mis 8 horitas).¿Te consideras buena madre? (yo solo a ratos) ¿Crees que son suficientes las 16 semanas de baja? ¿Echas de menos tu vida laboral? ¿Te sientes valorada por tu compañero durante este periodo?
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