Archive for Noviembre, 2007

Por primera vez en mi vida le he dado una torta a mi hija y me siento tremendamente mal. Aún a sabiendas de que la violencia no conduce a nada positivo hoy he sido incapaz de contenerme.

¡Qué absurdo! No sé cuántas veces le habré repetido la frase desde que tiene uso de razón: “Las tres reglas de esta casa Sarita son básicas: no se escupe, no se araña, y sobre todo, no se pega. A nadie: ni a tu amiga Lucía, ni a papá, ni a mamá…”. ¡Pues toma guantazo, hala, para enseñarle desde pequeñita lo que es la coherencia!

No es por justificarme pero he de aclarar las circunstancias del delito: 8:00 pm. Después de un fin de semana agotador, poco antes de comenzar con el ritual de los baños. Sarita, su hermanito Álex (bebé de 5 meses para más señas) y yo, tirados en la cama haciendo jueguecitos entre risas y gorjeos. Vamos, estampa ideal que en nada hacía presagiar la tormenta inminente. Se ve que la niña se rebota por dedicarle tres segundos más de atención a Álex, y sin que apenas me dé tiempo para reaccionar le echa el edredón sobre la cabeza y empieza a apretar, como para ahogarle. Aterrada, la aparto de un manotazo mientras le grito que como lo vuelva a hacer nos quedamos sin hermanito. Y en vez de mostrar arrepentimiento me mira con sonrisa maquiavélica mientras se vuelve a abalanzar, edredón en mano, sobre la cabeza del bebé. Ahí hemos llegado al punto álgido y se me ha ido la mano (gracias a Dios, la izquierda) sobre su redondo moflete. ¡Que horror! ¡Cómo ha sonado! La pobre ha empezado a llorar, más de rabia y humillación que de dolor, y por empatía y susto su hermanito también. Me he sentido como una maltratadora de las que salen en los telediarios. Y me hubiera puesto a hacer pucheros si no es porque en unos instantes ha aparecido mi marido ante los aullidos de unos y otros; y yo, como una delincuente, me he empezado a justificar en plan patético.

Por suerte la calma no ha tardado en llegar, y ya, en la soledad de la cena hemos tenido la oportunidad de hablar “de mujer a mujer”:

-“Sarita, ¿me perdonas por haberte pegado? De verdad mi amor, lo siento mucho”.

Ante lo que responde:

-“Mami, no se pega a los niños porque les duele”.

¡Qué bochorno! Mi niña de tres años dándome lecciones sobre la vida. Pero como últimamente mi yo autocrítico hace esfuerzos por mirarse en positivo, no he desfallecido, y le he hecho la contrarréplica:

-“Muy bien gordi, hagamos un trato: te prometo no pegarte nunca más, y tú no estrujarás a tu hermano aunque te dé el arrebato de celos e ira”.

-“Vale mami”.

En principio me he quedado tan satisfecha, pero de pronto ese “Vale” me ha hecho dudar: ¿Sabrá esta niña lo que es “arrebato”, “ira”, “celos”? Huum… ¡Creo que por si acaso no la perderé de vista!

¿Has pegado alguna vez a tu hijo? ¿Crees que es necesario en ciertas “situaciones”? ¿Crees que sirve para algo constructivo?

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cenar_con_ninos_250.jpgEl viernes pasado por fin tenía plan! Iba a ir a cenar con mi maridito a un restaurante “ideal” que me había molestado en reservar con semanas de antelación; no en vano era nuestro quinto aniversario y queríamos celebrarlo (cuando veo cómo se van a pique parejas de amigos o conocidos que parecían tan felices, me niego a desperdiciar ni una sola ocasión para celebrar que tengo una familia divina. Bueno, o eso me digo ahora, que estoy despejada, escribiendo en la paz de la casa un domingo por la mañana, antes de que amanezcan los niños…).

En fin, a lo que íbamos. Pues eso, que me puse toda guapa para la ocasión y cuando entré en el local, tan fashion, tan minimalista… ¡me dio el subidón de la noche que tenía por delante! Sin embargo, toda la euforia se me vino abajo cuando el metre nos llevó hacia nuestra mesa y vi, no sin cierto espanto, lo confieso, que de vecinitos nos había tocado una joven pareja con un carrito al lado. ¡No era posible! ¡Yo que me había tenido que pasar semanas peloteando a mi sobrina para colocar a la prole, y ahora me obligaban a tragarme los llantos de niños ajenos!

Pensé actuar rápido y decirle a mi chico que pidiera el cambio de sitio, pero claro, me daba cierto apuro, ya que al estar las mesas tan pegadas se me iba a ver el plumero. El restaurante estaba hasta arriba y lo íbamos tener difícil, pero no había que tirar la toalla. También pensé pedir mesa en “fumadores”. Total, yo lo había dejado hacía tres años y últimamente tenía tentaciones de volver a echar un pitillín, aunque solo fuera en ciertos actos sociales. Prefería ahumarme que soportar la tensión del niño.

-¿Te pasa algo Lupe? Te noto un poco pálida
¿Pero es que no se daba cuenta de lo que estaba sucediendo? Nuestra cena de aniversario iba a ser un desastre. La buena conversación al amor del vino que llevaba días esperando iba a ser inviable si el niño nos empezaba a tirar miguitas de pan, o simplemente, nos hacía una gracia esperando respuesta.

No sé cómo fue (bueno, ejem, creó que el alcohol ayudó un poco) pero me fui relajando. Ni pedimos el cambio de mesa ni sufrí acoso infantil de ningún tipo. La criatura fue una bendita que se quedó dormida al rato de llegar nosotros. Y yo me sentí tremendamente estúpida y egoísta por haber juzgado así a unos padres, que no tenían con quién dejar a su niño y que tenían tanto derecho como yo o cualquiera a disfrutar de un rato de ocio en un restaurante. De hecho, reflexioné, esta es una costumbre mucho más arraigada en el extranjero, e incluso en muchas ciudades de provincia en las que salir a cenar o a un museo…es perfectamente compatible con ser padres, ya que nadie tiene que soportar la mirada reprobatoria del entorno si tu niño se pone a llorar.

Puede que en las grandes ciudades hayamos perdido ese punto de comprensión, de practicidad, o de simplemente, “ponerte en el lugar del otro”. Fantástica costumbre para la sana convivencia de gentes tan dispares.

¿Es costumbre en tu ciudad el salir a cenar con los niños?
¿Has tenido el valor de llevarte a tu niño a algún plan de ocio no apto para peques? En caso afirmativo, ¿te han puesto mala cara cuando el niño ha llorado, gritado o arrojado algún objeto inadecuado?

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Conforme van pasando las semanas y me voy haciendo más vieja (cada día de experiencia como madre me hago más sabia que con años de viajes, lecturas de los clásicos y borracheras con los amigos en las que nos dedicábamos a arreglar el mundo) aprendo lo difícil que es esto de educar, sobre todo en estos tiempos democráticos que nos ha tocado vivir.

Recuerdo que de pequeña, en mi familia de cinco hermanos, mi padre representaba la autoridad por antonomasia. Llegaba tarde de la oficina, con cara de agotamiento y pocas ganas de tonterías, de modo que a ninguno se nos ocurría ni rechistar ante cualquiera de sus indicaciones. De hecho, creo que no daba ni indicaciones (que para eso ya estaban la muchacha y mi madre); después de la cena le dábamos el beso de buenas noches y sin más que hablar, a la cama.

Ahora todo es más complicado: Para empezar convivimos con nuestros hijos desde que abrimos el ojo hasta que lo cerramos. Y ahí, en ese preciso instante en el que nos dirigimos a sus cuartos para despertarlos entramos en una de las fases claves de nuestro pequeño mundo democrático: “la negociación”.

Olvídate de la práctica frase: “Esto es así porque yo lo mando, y punto”, ya que tu pequeñ@ mocos@ te mirará con cara de pasmo absoluto y repetirá hasta veinte veces: “¿y por qué mamá?, ¿y por qué mamá?, ¿y por qué mamá?…”, como exigiéndote, “razona mamá y dame un argumento de peso para moverme de la cama cuando lo que me pide el cuerpo es quedarme tirado un ratito más”. “Vale, perfecto, si te levantas rápido, te vistes solit@ y desayunas todo te llevo en coche a la guardería”. Craso error porque además de ganarte la bronca de tu jefe por llegar tarde, te has hipotecado ya las mañanas de toda esa semana; pero claro, algo hay que hacer para que el niño se ponga en acción.

Otro cantar es que una se cree que tiene que negociar sólo con los hijos para lograr los objetivos deseados por ambas partes. ¡Qué ingenuidad! El primero de todos con el que se supone debes estar de acuerdo, aunque sólo sea de cara a la galería, es con tu pareja. ¡Ay de ti!, como esos “perversos” te pillen en un renuncio del tipo: “Acábate la sopa porque de lo contrario no habrá segundo plato”, y ante la cara de pena del niño él responda: “Pero mujer, si ya ha tomado casi toda. Anda come el filetito”. Ahí ya has perdido la autoridad para los restos. Papá siempre será un refugio encantador mientras que a nosotras nos tocará jugar a sargento Rotenmeyer.

Por suerte mi hija mayor no pasa de los tres años y todavía no ha comprendido otra de las reglas básicas de la democracia que le intenta inculcar su padre: a la hora de tomar decisiones (qué programa de la tele ver, a dónde ir de paseo…) cada miembro de la familia tiene un voto, y la opción de la mayoría gana. Este dato sería una tortura, si tenemos en cuenta que padre-hija forman un tándem perfecto e indisoluble, por lo que me veo obligada a utilizar mis malas artes femeninas (sí, ¡¡es patético!!) para resolver este tipo de conflictos. La otra lectura es que con el bebé siempre se puede utilizar su voto como comodín, y así, nos solemos quedar en tablas.

Cada día, en fin, que se me presentan nuevas situaciones en las que conciliar posturas, llegar a acuerdos y calmar los ánimos más exaltados, mi respeto hacia los grandes ejecutivos, políticos y demás celebridades de nuestra sociedad se desvanecen. Son los padres los verdaderos héroes en estos turbulentos tiempos de democracia que nos ha tocado vivir.

¿Quién representa la autoridad en tu casa, tú o tu pareja? ¿Sois papás de la antigua escuela de la “imposición” o de la “negociación”?

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Sólo mencionar que aprovecho la sala de espera del ginecólogo para escribir estas líneas de la dimensión real de cómo ha mermado mi tiempo libre desde que nació Álex. Pero vamos al grano, que cada minuto es oro.

Desde mi más tierna adolescencia tengo una serie de miedos patológicos que no he conseguido superar ni con años de psicólogos. Estos protagonistas de mis pesadillas son las serpientes, las alturas y los quirófanos. Para ser más explícita: prefiero verme en la azotea de Torre Picasso, descalza y sobre una alfombra de víboras, antes que sentirme atrapada entre esas cuatro paredes gélidas, a merced de unos cuantos tipos uniformados de verde, a punto de hincarme el cuchillo, perdón, digo “el bisturí”.
Creo que de todo lo anterior se puede deducir mi estado de ánimo días antes de dar a luz: unas inmensas ganas de tener a mi niño entre los brazos se veían oscurecidas ante la posibilidad de que me tocara la temida cesárea. Ya lo dicen las encuestas, (y las encuestas nunca mienten, ¿no?): “Cada vez se practican más cesáreas en la Comunidad de Madrid, y no todas ellas son absolutamente necesarias”.

Para alimentar aún más si cabe estos malos pensamientos (pero “malos” de verdad, que no se trata de ningún eufemismo), mi amiga Isa, que tenía programada la susodicha intervención porque su bebé venía de nalgas me describió la siniestra experiencia en estos términos: “Lupe, ha sido horrible. Me han tenido cerca de tres horas preparándome, desnuda sobre la mesa del quirófano; muerta de frío, mientras el anestesista, los enfermeros y demás batas verdes comentaban el partido de fútbol del domingo. Gracias a Dios que me pusieron una cortinilla de tela a la altura del cuello para no ver la carnicería. Así, solo sentía cómo me hurgaban por dentro, y un terrible olor a pollo chamuscado y vísceras”.

No se me asusten las futuras mamás ante semejante escena gore porque ahora viene la segunda parte del artículo: Como a veces en la vida rige la conocida “ley de Murphy” (es decir, “que si no quieres arroz, pues ahí van tres tazas”) llegó el gran día. Ingresé por la mañana en el sanatorio para que me indujeran el parto (estaba tan a gusto Álex que llegué a la semana 41 sin una sola contracción).

Y tras dos horas de oxitocina en vena mi ginecólogo me anunció la cesárea (he de confesar que en estos momentos ya no me parecía tan atractivo, ni me caía tan bien como he comentado anteriormente). Y aunque me puse lívida, estaba tan dolorida que solo quería que todo acabara pronto y que mi niño no sufriera (venía con doble vuelta de cordón).

Pues bien, en mi vida me han tratado con tanto cariño: recuerdo al camillero diciéndome camino del quirófano “aguanta cielo, que ya no te queda nada”; al anestesista, “reina, no te muevas; piensa que ya va a ser la última contracción”; a la comadrona, “tranquila Lupe, que en cuanto saquemos al niño yo te lo enseño”… ¡Nunca pensé que un quirófano podría desprender tanto calor humano! Fue maravilloso y nada traumático.

La anestesia un alivio milagroso, y el bebé “como para salir en la portada del ¡Hola!”, perfecto, sin un arañazo (me acuerdo de la pobre Sarita recién nacida, toda magullada y con la cabeza en forma de pepino).

En resumen, que más vale una buena cesárea que un mal parto; y que como decía el sabio (hoy estoy metafísica): “a veces el miedo a sufrir es peor que el sufrimiento”.

¿Qué tal fue tu parto? ¿Te sentiste bien tratada por el personal médico?

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Llevo toda la semana dándole vueltas a la cabeza para ver cómo consigo expresar con palabras mi estado de ánimo actual, y he llegado a la siguiente conclusión: Me siento feliz, pero feliz de verdad y a todos los niveles.

feliz.gifNo es que mi vida haya cambiado en los últimos días. Bueno sí, he vuelto a la oficina, se me ha instalado la suegra en casa, Sarita cada vez sufre más los celos de su hermano… Situaciones que a priori podrían desestabilizar a cualquier madre equilibrada y estupenda. Pues yo nada. Se ve que me crezco ante las dificultades (este es uno de los rasgos que definen mi nuevo carácter feliz y autoafirmado: “estoy encantada de haberme conocido” y me veo en positivo. A lo mejor esto de los libros de autoayuda me está perjudicando…). Pero en fin, sigamos reflexionando: Hace unas semanas me hubiera puesto de bajón absoluto ante la respuesta airada de mi jefe a mis reivindicaciones de jornada continuada (que no reducida): “Guadalupe, entiendo que quieras pasar más tiempo con tus hijos, pero esto no es Cáritas, y Continuar leyendo »

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