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¿Embarazada o no? ¿Cómo fue tu primera falta?

Una se cree que ya se las sabe todas porque ha pasado por la experiencia de un primer embarazo y la ha sobrevivido con éxito. Al fin y al cabo en el anterior estaba sobre terreno virgen (metafóricamente, se entiende) y no se me dio tan mal. ¡Pues nada que ver con la realidad!

ventanaUna se cree que ya se las sabe todas porque ha pasado por la experiencia de un primer embarazo y la ha sobrevivido con éxito. Al fin y al cabo en el anterior estaba sobre terreno virgen (metafóricamente, se entiende) y no se me dio tan mal. ¡Pues nada que ver con la realidad!

La ansiedad de la primera falta sí que es la misma: igual número de predictors consumidos (3) ante la gran duda de si será un mero retraso o un bebé en camino. Yo me suelo ir a distintas farmacias (la del al lado de la oficina, la del barrio de toda la vida…) para que él/la farmacéutica no me miren como una loca por comprar el test cada día y medio (además del pastón que les dejas, ¡como para aguantar gestos condescendientes!).

Ya te lo advierten al dártelo: “Sería más efectivo si se espera usted a tener una o dos semanas de retraso”. “Vale, vale” respondo con la mejor de mis sonrisas, y salgo despendolada al primer baño que me quede cerca para hacerme la prueba. Ya sé que dos días sin señales puede no ser suficiente, y seguro que esa es la causa de que la segunda rayita del test salga tan borrosa. O a lo mejor es que no estoy embarazada.

No hay que emocionarse y por eso no le digo ni pío a mi marido. Él siempre me echa por tierra mis ilusiones premenstruales. “Es para que no te frustres mi amor. Seguro que es solo un retraso”. Así que nada, vuelvo a casa desde el trabajo y sigo con mis rutinas: el atasco, la cena de la niña… No pasa nada, pero cada 10 minutos excursión al baño no vaya a ser que tengamos novedades. “¿Te pasa algo Lupe?”. “No, que va. Es que he bebido mucha agua”.

Dos días más y a mí me va dar algo. Así que decido aprovechar el fin de semana familiar en la playa (con padres, hermanos, sobrinos etc.) para matar dos pájaros de un tiro: hacerme la prueba definitiva (tras una semana de sequía), y dar la gran noticia si se confirman mis sospechas. ¡Bien, bien, bien!: dos rayas como la copa de un pino: ¡¡Voy a ser mamá de nuevo!! ¡¡Qué emoción!! Mi chico me felicita algo tímidamente (pero es que ya se sabe que los hombres son más sosos y les cuesta hacerse a la idea).

Espero a la cena para darle “mayor teatralidad” a mi anuncio, de modo que se enteren todos a la vez de la llegada del nuevo miembro a la familia. Y como me pongo nerviosa, pues lo suelto así sin más, de golpe, en medio de una conversación sobre lo rica que le ha salido a mi madre la tortilla de patata, “…Sí, sí, mucho más jugosa que la del otro día”. “¿Me pasas el agua? Ah, por cierto, estoy embarazada”.

Me quedo roja como un tomate esperando los abrazos, la lagrimilla de la futura abuela… una escena que me había dibujado perfectamente 4 o 5 horas antes (tiempo transcurrido desde mi recién confirmada maternidad). Pero por unos segundos el tiempo se detiene: solo se oye un portazo y los berridos de mi hija Sarita que se acaba de pegar con su primo. “Pero mi niña, ¿qué pasa?, ¿te has hecho pupita? Nico es malo, malo”, le susurra mi madre mientras que la niña se va calmando poco a poco. Y yo me quedo como paralizada y con ganas de hacer pucheros para ver si alguien me hace caso (¿seré infantil?).

Tras el jarro de agua fría empiezo a asumir que esto ya no va ser Hollywood: que ya no soy la protagonista de la peli, y a lo mejor ya no tengo tantos mimos como cuando me embaracé por primera vez. Pero da igual porque yo estoy feliz, feliz y ¡mi nuevo niño está en camino!

En tu caso: ¿cómo fue tu primera falta?, ¿has sentido alguna vez celos de tu propio hijo?

Autora: Cecilia Frías

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